
Recuerdo que, en éste tiempo, nos habían trasladado por la inundación, antes estuvimos en la rural y allí los lugares de cada familia se separaban con sábanas o cortinas improvisadas, haciendo de pared. De la rural, viene a mi memoria un episodio en donde de los camiones que pasaban por la ruta se cayó un lechón y a la carrera todos salieron a correrlo, casi como un juego, luego de por fin agarrarlo y hacer la fogata, no sé y ni cómo, creo se había escapado nuevamente, fue gracioso. Además, que recuerdo como una película algo trágico pasó, fue una la noche de la búsqueda de Don Pastor Martínez, pues según la doña había salido al baño, y no regresaba; todos se sumaron a la búsqueda iluminados con antorchas; entre el pasto, barro y la humedad había sufrido un infarto en medio de la oscuridad. Desde la rural, nos trasladaron al ferrocarril donde cada familia tenía un vagón, los baños del ferrocarril colapsaron y se había improvisado un fondo, las maderas que hacían de pozo estaban demasiado abierta para los niños, en esos días, nos acompañábamos para ir al baño como nos había enseñado. Un día mi hermanita, que solo tenía tres años cayó al pozo, que, por suerte, como estaba lleno, solo cayo hasta taparse el pecho y junto con mi hermana mayor de siete y yo de cinco, la sacamos arrastrándola hacia arriba, fue desesperante.
A nosotros nos tocó el primer vagón, de ésa línea de cuatro o cinco, nosotras las niñas de la familia en nuestra inocencia estábamos felices porque era el más lindo, nuestro vagón tenía rayas cuando lo dibujábamos y parecía una casita con ruedas, porque yo decía que no era de “fierro y lata”, en lugar de hierro y lata; del sur tenía un tope de hierro, y cruzando estaba la estación de servicio y del lado norte, una fila de vagones comunes. Más allá había otros de distintas clases, no recuerdo cómo eran, solo que eran muchos.
La noche del tornado había música y hacía calor, desde tempano había fiesta, porque Mabel Pineda se casaba con el Diablito, el cielo estaba muy inquieto, pesado, y nebuloso. De pronto se detuvieron los sonidos, y aparecieron golpes, y ruidos, nuestro vagón golpeaba con el parante que hacía de tope, corto, iba y venía, pero topaba con los otros vagones del otro lado. Mi mamá estaba haciendo en un hervidor la leche de mi hermanito, mi papá, a quienes apodaban Miringo, quiso ver inmediatamente, porque el vagón parecía una caja de zapatos a punto de romperse mientras se hamacaba de un lado hacia otro se abrió la puerta con gran fuerza, se derramó leche por todos lados, entraban hojas y ramas. Mi mama atinó a ponernos en la cama grande y taparnos todos juntos y rezaba de rodillas a nuestro lado. Mi papá al fin pudo cerrar la puerta. Se escuchaba rechinar el viento tan fuerte, que es inolvidable. Los gajos caían y las cosas se sentían que golpeaban arriba del vagón de madera, pensé que al fin no era muy lindo y que era más fuerte uno de “fierro”.
Cuando los ruidos pasaron, mi papá y mamá salieron. Afuera era un gran desastre de cosas. La gente disparaba por todos lados, golpeados dispersadas por todos lados, algunos vagones estaban dados vuelta, a uno se le había volado el techo, era el de Doña Tica Peralta. Había ramas, árboles, animales muertos, objetos de todo tipo, torres y chapas, y columnas, una bicicleta rota y retorcida, papeles y parte de carteles. Recuerdo que nos trasladaron en frente, a un lugar más seguro y que Jesús Soria, me llevó en sus hombros a cococho. Se podía ver un camión atravesado dado vuelta; me agarré del pelo crespo como si fuera un salvavidas, porque había agua y me sostenía de las orejas, el miedo era más ahí, y mis manos no tenían fuerzas para sostenerse del terror; pero el muchacho me llevó despacito hasta el otro lado, no sé si hacía calor o frío, en ese momento, pero estaba congelada
-Trabajo de Taller Literario Despertares, Por Silvia Herrera





